Por Alex Salebe Rodríguez

Hace ya más de diez años cuando moderaba una tertulia radiofónica de mediodía propuse como tema de debate el contenido de un ensayo sobre lenguaje y comunicación escrito por Noam Chomsky, lingüista, politólogo y activista estadounidense, hoy casi con 94 años de edad, citado por el New York Times como “el intelectual más importante en la actualidad”, y sin duda de los más destacados del siglo pasado. Cada vez que puedo, recomiendo su lectura, tanto como a Atilio Borón, sociólogo y politólogo argentino, en aras de buscar textos alternativos a la lineal cotidianidad.

Los tertulianos me vieron como animal raro, pero defendí mi propuesta diciéndoles que centrarse siempre en temas y miserias políticas puramente locales podría derivar en un programa de cháchara en detrimento de un contenido de interés más universal. Esta semana una tertulia radiofónica nacional desgranaba un estudio de este año desarrollado por la prestigiosa Universidad de Navarra junto a la Unión de Televisiones Comerciales en Abierto (UTECA) sobre la desinformación y el grave problema al que nos enfrentamos como consumidores de la misma.

Toda una pandemia de mentiras o verdades a medias que se expandió mucho más primero con el covid y luego con el estallido de la guerra de Ucrania, propagándose, como los virus, “a través de las personas más queridas, por medio de las redes sociales y aplicaciones de mensajería, que diseminan interpretaciones personales y erróneas sobre cuestiones de salud”.

Palabras de Ramón Salaverría, coordinador actual de la línea Sociedad y Comunicación Digital de la Universidad de Navarra, que recojo de un artículo suyo que no está vinculado al estudio del mismo centro académico que aquí aludo. “Estamos ante la pandemia de las mentiras, la otra gran enfermedad de la sociedad actual”, remata diciendo el catedrático.

Y volviendo al contenido del estudio, que busqué y leí, pues tenemos que el 95,8 por ciento de la población española cree que la plaga de la desinformación es un problema de la sociedad, tanto, que el 72,1 por ciento de los encuestados reconoce que alguna vez se ha creído un mensaje o vídeo transmitido por redes sociales que resultó falso. Es más, el 91 por ciento considera que la desinformación es un peligro para la democracia y la estabilidad de un país.

En contrapeso al alud desinformativo en redes, la población otorga valor a los medios de comunicación como alternativa de calidad y fiabilidad, claro, sin perder de vista, por un lado, los intereses que tengan los medios informativos, y por otro, que ellos mismos también tiran de redes sociales y de plataformas de mensajería instantánea como WhatsApp o Telegram para lanzar o reforzar algunos de sus mensajes, de tal forma que su responsabilidad es mayúscula, sobre todo cuando el 84 por ciento de los españoles dice que prefiere a los medios de comunicación para informarse.

El refugio de la veracidad está amparado en el ejercicio profesional del periodismo. Me gustó particularmente unas líneas del análisis que subraya que el público busca información veraz de “equipos profesionales de periodistas que verifican, contrastan y analizan las informaciones”, cobrando mucho sentido el concepto de alfabetización mediática frente al bombardeo de desinformación.

De ese 84 por ciento que prefiere a los medios para informarse, del segmento más joven, de 18 a 34 años, el 75,9 por ciento se decanta por los mismos medios de comunicación para informarse, siendo curiosamente un consumidor bestial de redes sociales. Confían los hacedores del estudio que la investigación promueva una reflexión colectiva e individual sobre la mejor forma de contrarrestar la propagación de mensajes falsos, “habitualmente creados para desestabilizar y polarizar a la sociedad”, y sí que hace falta.

Y antes de despedir este artículo, me apetece recordar a Chomsky y parte de su análisis sobre la disidencia de la cultura frente a la fabricación de opinión: “démonos cuenta de que todo esto no es tan distinto de lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una población pacífica en una masa histérica y delirante que quería matar a todos los alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que descuartizaban a los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas son más sofisticadas, por la televisión y las grandes inversiones económicas, pero en el fondo viene a ser lo mismo de siempre”. El intelectual narra cómo se creó la primera agencia estatal de propaganda en Estados Unidos, llamada Comisión Creel, con el objetivo de alentar una histeria nacionalista en favor de la guerra. Alemania perdió la Primera Guerra Mundial porque perdió la batalla de la propaganda.

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