Quiero destacar que las fiestas de San Juan eran todo un gran acontecimiento, donde la gente empezaba a llegar al Golfo desde la víspera e incluso se improvisaban hogueras, en la montaña que da al charco los Clicos, así se podía ver desde el pequeñito pueblo de aquel entonces. Como solemos decir los nostálgicos que quedamos de esa época: cuando El Golfo era El Golfo. Estoy recordando en mi corta edad allá por 1953.

Hace pocos días se celebraron las fiestas de San Juan, ello me trae a la memoria tiempos de mi niñez, cuando ir al Golfo por esas fechas era motivo de una gran alegría e ir caminando, por el camino polvoriento, pero era más que una tradición: era un devoción; los baños de San Juan con aquella alegría infantil que era todo un gran acontecimiento. Cuando ibas llegando en un espacio en el que aún no se veía el mar ya con oírlo, el corazón aumentaba las pulsaciones de la emoción que sentías. Luego al asomar a la cuesta esa emoción aumentaba y tus ojos se llenaban de lágrimas, tus padres y abuelos, te decían que era el viento que chocaba en ellos y te producían el efecto de dichas lágrimas, sea como fuere esas vivencias las tienes incrustadas en tu alma, en tu corazón y te acompañaran toda tu vida. Había un efecto óptico que unos metros al llegar a la cuesta, no veías la bajada al pueblo, sin embargo ese efecto óptico te hacía ver como si el mar estaba a la altura de la montaña, lo cual aprovechaban nuestros padres, tíos, abuelos y otros miembros de la familia mayores, para hacerte creer que tenías que atravesar el mar para bajar al pueblo. Pasabas un mal rato, pero al fin todo quedaba en un pequeño susto momentáneo, que luego era compensado con creces.

Allá por los años 1950, aún los chicos y las chicas no se nos estaba permitido bañarnos juntos, menos aún si habían adolecentes. Por eso tengo presente en mi memoria a la señora Sara Machín Rodríguez se paseaba por la orilla de la playa, en un rinconcito llamado la playíta de las mujeres a marea llena, charco de las mujeres a marea vacía .

Los niños y algún varón adulto, nos bañábamos en el charco La Majorera en el de fuera a marea llena o en el de dentro si no era pleamar. Porque los hombres adultos se bañaban en el Caletón de la Instancia la Viga, ahí sólo se podían bañar los que sabían nadar.

Bueno pues la buena señora Sara no dejaba acercar por aquellos alrededores a ningún adolescente varón, ni siquiera a un niño, varón claro. Era una fiel guardiana, pues entre todas las jóvenes, estaban dos de sus tres hijas, Teresa y Matilde. Pues la mayor llamada Sara tambien como ella, estaba casada y tenía que estar al cuidado de sus hijitos. Estos baños se tomaban antes de la hora del almuerzo. Luego una vez concluido el almuerzo tanto niños, como jóvenes y algún que otro mayor, todos juntos nos íbamos a la playa de abajo, que era donde varaban los barquillos de los marineros que venían de Playa Blanca a pasarse la temporada de verano, que normalmente comprendía entre Abril y Septiembre, mes en que el mar empezaba a ponerse bravo. Ir a partir de las cuatro de la tarde a la Playa de Abajo era todo un acontecimiento, todos llevábamos nuestro bocadillo especial para la merienda de ese día, consistente en medio pan de Tomasa y dulce de membrillo, guayabo o bien media barra de chocolate Tírma.

Mirando atrás, con nostalgia esos años, es cuando recordamos al pasado con añoranza y suspirando diciendo: ¡ aquello si era El Golfo !

Los cabildos vecinales que se formaban esas noches de verano, los adultos oyendo las noticias que le llamaban el parte, los niños tendidos en la arena de los patios, siempre nos quedábamos dormidos al calorcito de las noches veraniegas, mirando al firmamento, nos parecía que habían más estrellas que nunca.

Entre muchos otros tantos recuerdos, no se me apartan de mi memoria, las bellas puestas de Sol que se contemplaban y se siguen contemplando, en ese magico lugar. Tambien los hermosos romances entre jovenes, que nacian a la orilla del mar. Una de esas bellas historia, están las figuras de dos niños que desde muy temprana edad se enamoraron, Candelarita hija de Doña Maruca (la maestra de Yaiza y de Don Rafael Gonzalez)) y Pepito Pereira. Aunque ellos lo negaban, el verles sentaditos en Los Morritos de Sengundo, contemplando los hermosos atardeceres, se delataban sólos.

Tengo para ellos una hermosa copla que me contó, un día una majorera, folklorísta de nacimiento. Como era Lola Roger Alonso y dice asi :

Piensan los enamorados

piensan y no piensan bien,

piensan que nadie los mira

y todo el mundo los ve.

Tambien hay otra copla universal que se les puede aplicar, como es el lenguaje más claro y bello, el lenguaje de la mirada, que dice así :

No me mires que miran,

que nos miramos.

Y por nuestras miradas

sabran lo mucho que nos amamos.

(Esteban Rodríguez Eugenio, cronista oficial del municipio, de la ciudad histórica de Yaíza )

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