Por Alex Salebe Rodríguez

Sé que ya no me cocino con dos galones de agua, me falta poco, pero asistí este 1 de octubre en misión de trabajo a la celebración del Día Internacional de las Personas Mayores en el municipio de Yaiza, participada por más de 150 mujeres y hombres resilientes, que como muchas personas en el mundo, han sabido adaptarse a los enormes cambios socioeconómicos de las últimas décadas, sin ir más lejos, la nueva vida que nos impuso el covid, o soportar la transformación digital y servicios excluyentes como los bancarios.

Y allí están, con sus alegrías y penas más íntimas, con achaques de salud, unos más que otros, haciendo de la vida un carnaval, como canta Celia. Les decía de vacilón con un punto de realidad que estaba en la previa de la tercera edad y aprendiendo de ellos, por si llego. Me acordé de mi madre, que siempre que le mamo gallo con la edad, me lava la cara recordándome que “son más de ochenta, y bien llevados. A ver si tú llegas”. Silencio en la sala.

A pesar de la pobreza y de otros factores derivados de la falta de bienestar en algunas zonas del planeta, la esperanza de vida ha cambiado radicalmente, y en consecuencia, la composición de la población mundial.

Según datos oficiales de la ONU, entre 1950 y 2010, la esperanza de vida en el mundo aumentó de 46 a 68 años, y ya con 703 millones de personas de 65 o más años en 2019, estimando que el número de personas mayores se duplique en las próximas tres décadas alcanzando los 1.500 millones en 2050. Sin excepciones, todas las regiones verán incrementada su población adulta mayor.

Todos reconocemos la contribución de los mayores a la vida política, social, cultural y económica de nuestro entorno más cercano y lejano, pero también admitimos que sus acciones y experiencias, que siguen siendo valiosas, se mantienen casi que anónimas, pero más preocupante es que “sus” necesidades estén desatendidas o poco atendidas. No olvidemos que el pronombre posesivo “sus” en breve puede cambiar para muchos por “nuestras”.

Hace un par de semanas escuché un debate radiofónico sobre las fórmulas de cofinanciación pública de las residencias para ancianos, evidentemente no todas las familias eligen o les toca elegir esa opción para que sus mayores dependientes sean atendidos, ni tienen los recursos económicos para hacerlo, debate que en el fondo hace público la preocupación en la calle de ¿cuánto cuesta envejecer?.

Casi todo en esta vida termina siendo un asunto de números, y el valor de la plaza en un hogar geriátrico es hoy en España mucho más elevado que el alquiler de una vivienda, por eso es lógico que las familias demanden mayor atención al Estado y a las comunidades autónomas.

Visibilizar el trabajo histórico de las personas mayores y reconocer su enorme valía al desarrollo sostenible, por ejemplo, en la agricultura, la pesca o la ganadería, o su impagable aportación a la educación en valores, también es una forma de recordar al Estado y a los gobiernos de las comunidades autónomas la necesidad de mejorar la protección de los derechos humanos de los mayores y contrarrestar con políticas ambiciosas la discriminación que pudieran sufrir por edad e incluso a veces por edad y sexo. Es curioso que la ciencia avance e investigue para que podamos vivir más y mejor y que luego llegue el punto en que podamos convertirnos en una carga social.

En el festejo de los mayores vi en presente rostros de toda una vida de trabajo, como los de Vicenta Bravo, cocinera del pueblo de Femés, todavía activa en su arte, o del veterano pescador de Playa Blanca, Benigno Caraballo, vi abrazos, caras y expresiones de alegría, muestras de vitalidad, manifestaciones de optimismo y de muy buen humor, una tarde de ejemplo sin precio. No trabajé, más bien aprendí.

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